Esfuerzo, aversión al riesgo, ilusión, quebraderos de cabeza y mucho sacrificio. Así empieza mi aventura como emprendedora y siendo madre de un niño de dos años y medio.

Cuando empecé mi camino hacia el emprendimiento, con 27 años, no era mi primera vez. Ya había puesto en práctica mis ilusiones años antes.

Con 23 años, al poco de acabar la carrera, me aventuré junto a mi pareja a abrir una empresa de transporte de mascotas, una idea que surgió a raíz de gestionar una protectora de animales, que abrimos con toda nuestra buena intención y muy muy poca inversión, con el objetivo de rescatar a los animales abandonados de nuestro pequeño pueblo, Grado. Un rinconcito en Asturias que aún estaba lejos de comprender y de ver normal el ofrecer una segunda oportunidad a los animales que habían sido abandonados o maltratados.

Uno de nuestros perretes de la protectora.

La idea del transporte de mascotas nos surgió cuando nos salían adopciones para nuestros perretes fuera de Asturias y veíamos que el transporte tradicional con grandes empresas llegaba a ser muy arriesgado para sus vidas. De este vacío de no existir un transporte de confianza y animalista quisimos nacer nosotros. Con el Ford fiesta que teníamos de aquella, pasamos los controles necesarios, lo acondicionamos quitando los asientos y poniéndolo lo más cómodo posible para que los futuros viajeros fueran a gusto y sin ningún tipo de estrés. Y empezamos nuestra aventura.

Cuando nos dedicamos al transporte y pudimos comprar una furgoneta mayor para ofrecer más calidad.

Una experiencia que sin duda nos enriqueció mucho y nos dio la oportunidad de viajar por toda Europa, ya que conseguimos mandar a muchos animales con sus familias, no solo por toda España, si no que pudimos hacerlo hasta Rumania, Italia o Alemania. Ofreciamos tranquilidad, contacto con fotos en todo momento, trato muy cercano con el animal y paradas cada poco para beber y hacer sus necesidades.

Sin duda, un recuerdo que nunca olvidaremos.

Pero, por qué cerramos? En este caso fue por ganas de experimentar otras cosas. El negocio empezaba a ir muy bien y tuvimos mucha aceptación, pero las horas en carretera eran interminables, el precio del gasoil condicionaba mucho el viaje y nos apetecía un trabajo más tranquilo. Lo bueno, que no lo cerramos, lo traspasamos y aún sigue ayudando a muchas familias.

Al poco tiempo, al vernos mas libres quisimos ser padres y a partir de ahí nuestra vida cambió. Abel ya tenia un trabajo estable y yo había aprovechado para estudiar varios años de fotografía, por lo que me quise aventurar a la vida de fotógrafo autónomo. Un trabajo precioso, que me facilitó el estar con mi hijo y el tener mi espacio en familia.

Me especialicé en fotografía infantil, familiar y de enamorados y lo disfruté muchísimo. En este tiempo también estaba muy empeñada en buscar un trabajo más estable, aunque la fotografía ya empezaba a dar sus frutos, pero no fui paciente y en cuanto me salió un trabajo con un buen sueldo en Madrid lo acepté sin dudarlo.

Fotografía de familia

En este nuevo trabajo empecé a verme envuelta en una rutina de madrugar, coger el tren, ir a Madrid, trabajar una jornada larga, hablar con mi hijo por teléfono, comer, salir, coger el tren y volver a casa cansada, cenar, dormir y vuelta a empezar. Una espiral que me fue comiendo la cabeza hasta que no pude mas y rechacé un ascenso por emprender de nuevo.

Y aquí empezó todo… aquí empezó mi pesadilla personal.

Por qué una pesadilla? si se supone que quise emprender y lo hice de nuevo con ilusión y pensándolo muy bien.

Pues porque cometí un error enorme, para emprender en esta idea quise pedir un crédito, ya que la inversión era muy grande, no era como las otras ideas que había tenido, en las que había muy poquita inversión y si iba mal podía dejarlo y a otra cosa. En esta ocasión me había atado yo sola a un pago enorme, el cual tenia que pagar saliera como saliera la idea.

Todo esto surgió a raíz de tener este blog. De primeras pensé en abrir una consulta de nutrición, que hubiera sido lo mejor, pero luego pensé, que quizás, la gente necesitaría mas tiendas veganas, cosa totalmente falsa.

Así que, como me hacía muchísima ilusión difundir el veganismo, quise aventurarme a abrir una tienda de alimentación vegana. Esta idea me hacia sentir muy bien y me autoconvencí de que iba a ser la mejor opción para pasar más tiempo con mi hijo. Otro gran error, ya que los horarios de las tiendas son muy largos, no solo por las horas en las que atiendes, si no por las horas de más que echas calculando, gestionando, haciendo pedidos, recibiéndolos y colocándolos.

Al cabo de los meses me vi envuelta en una gran deuda, sin apenas ver a mi hijo, trabajando todo el día y sin un sueldo.

Ahí empezó todo. Noches sin dormir, facturas que pagar, dificultad para llenar la tienda de productos, falta de capital, ansiedad… La tienda no daba y es que no es de extrañar, no hay suficientes veganos y los pocos que hay hacen su compra en grandes superficies para no dar tantos viajes. Mi situación no tenia sentido y no sabia como salir de ahí.

Me resistí a cerrar, así que le di vueltas y empecé a cocinar, se me daba bien, a la gente le gustaba y así aprovechaba los productos que no se vendían en tienda. Bocadillos de vegalomo, de tortilla vegana, batidos verdes, tapas de gambas veganas, de chorizo a la sidra y así poco a poco empezó a revivir todo de nuevo.

Pero mi intención, en ningún momento fue convertirme en restaurante. Me agarré a un clavo ardiendo para sobrevivir y lo encontré ofreciendo tapeo vegano. Pero de repente aquello empezó a crecer y se me fue de las manos. La gente empezó a exigir más platos, más variedad y más calidad y me vi envuelta en todo aquello en lo que no tenía ni idea y que requería muchísimas horas al día. Al final acababa llegando a casa a las doce de la noche y no había visto a mi hijo en todo el día.

Así seguí una temporada, pero claro, sin motivación ni ilusión ninguna, ya que cuando abres algo conscientemente puedes ponerle tus ganas y tu empeño pero cuando surge de la nada y no es lo que te gusta realmente, ni lo que habías planeado, lo único que tienes en la cabeza es cerrar cuanto antes y que acabe todo esto. Por lo menos, doy gracias de no haber cerrado a la primera, con toda la deuda y sintiéndome lo peor. Lo intenté, luché y este año, por fin, pude salir.

Ahora a mis casi 31 años se lo que quiero, lo que de verdad importa y, por supuesto, no descarto emprender de nuevo, porque la vida está para eso, para vivirla y experimentar, pero esta vez lo haré sin créditos de por medio, sin ataduras de horarios y priorizando siempre a mis hijos. Por que hay muchas maneras muy buenas de emprender, solo hay que saber descubrir la tuya.


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